Inicio de Música desordenada



Apagó las luces y paró el motor.

Echó el freno de mano.

Bajó y dio la vuelta a la berlina.

Levantó el portón trasero y sacó la pala.


Miró a su alrededor.

No recordaba el sitio exacto en el que había enterrado el anterior  

y se dejó guiar por el instinto.

Este lugar parecía más cercano al río.

Lo intuía porque el sonido del agua se deslizaba a gran velocidad   

bajo el aire de la ribera y porque los talones del cadáver que  

arrastraba iban haciendo saltar a su alrededor, a medida que 

avanzaba, una multitud de piedrecillas inquietas como luciérnagas 

ciegas.


Comentarios